“La aplicación dice que mi conductor está a sólo seis minutos”, “la lista de espera para entrar al restaurante es de media hora”, “esta vez hice sólo dos horas y quince minutos en carretera”, frases que nos hemos acostumbrado a escuchar cotidianamente. Es una realidad que el tiempo rige nuestras estructuras de vida, y eso en sí no es algo malo, el problema está en dejar que se acelere nuestra existencia al querer que todo sea cada vez más rápido.

Cada vez estamos menos dispuestos a esperar. Hemos adoptado el mantra time is money (el tiempo es dinero). Necesitamos comida rápida, el internet más veloz, los tiempos de entrega más cortos y educación exprés. Ya no queremos usar nuestro tiempo en salir a hacer las compras, queremos que las entreguen en nuestra puerta. Esperamos que las tiendas de ropa renueven sus productos más a menudo y cada vez es más común escuchar frases como “la película se me hizo muy lenta” o “me hace perder el tiempo”.

Si bien los avances tecnológicos han hecho que muchos procesos en nuestra vida sean más eficientes, más ecológicos o simplemente más cómodos, hay que reconocer que hemos aceptado como cierta la fórmula “rapidez es igual a eficiencia”. Sin embargo, no siempre lo mejor es lo más rápido, no hay que olvidar, que existen muchos procesos largos que tienen como resultado productos maravillosos: el crecimiento de un árbol, la creación de una obra de arte, el añejamiento del vino, o las horas de práctica de un ensamble musical.
Hemos dejado de apreciar lo que en Italia llaman il dolce far niente, que podría traducirse como la dulzura de no hacer nada, en otras palabras disfrutar sin culpas nuestros momentos de ocio. Y precisamente en eso se basa el slow movement (traducción literal: movimiento lento), en desacelerar diferentes ámbitos de nuestra vida.

Es importante reconocer la importancia de la calma y quitarle antagonismo a la lentitud. Hay diferentes ejemplos en los que está presente la tendencia slow. Está el movimiento slow food, que protesta ante los procesos de la industria de comida rápida, y propone tomarse el tiempo para degustar un platillo y al mismo tiempo apreciar su tiempo de elaboración.
Otro ejemplo es el slow cinema también llamado cine contemplativo. La tendencia de este género es precisamente contemplar, observar, apreciar el momento. Hacer un énfasis de las tomas (generalmente más largas que el promedio) sobre la narrativa.

Un movimiento interesante es el de slow education, que surge como resistencia al sistema educativo tradicional. Protesta ante los planes de estudio híper condensados, en los que es poco probable estudiar a profundidad todas las asignaturas. Su objetivo es anteponer la calidad de la educación a la velocidad, la cantidad y las evaluaciones.
Por otra parte, encontramos una propuesta que plantea una alternativa al fast fashion y su producción masiva de ropa. La moda lenta o slow fashion promueve la elección de productos locales, tejidos artesanales y materiales ecológicos, además de sugerir la posibilidad de reducir el consumo personal de ropa, buscar alternativas de segunda mano y el extender al máximo la vida útil de las prendas que ya se poseen.

Un concepto más reciente, es el de slow experiences o, como a nosotros nos gusta llamarlo, experiencias en calma. Se trata de una propuesta nada novedosa que resume toda la tendencia slow, que básicamente sugiere disfrutar el tiempo de ocio y priorizar la calidad sobre la cantidad. Invertir en experiencias que nos motiven, en viajes que nos abran la mente, en lugares que provoquen nuestra creatividad y en vivencias que estimulen nuestros sentidos.

No hay nada complicado en ello. Solo hay que tomarse el tiempo para respirar, escuchar nuestra música favorita, apreciar la lluvia, observar nuestro entorno, visitar una galería, degustar lo que comemos, fomentar encuentros con las personas que nos inspiran y visitar lugares que permitan nuestra calma. Baja el ritmo de tu día a día, y súbete a la tendencia slow.
